Interprete

John Wayne

John Wayne(1907-1979). Le llamaban “el Duque”, y así, con el seudónimo de Duke Morrison, comenzaría su carrera cinematográfica. Lo haría en papeles modestos y siempre a la sombra de su mentor John Ford. Durante un tiempo haría un poco de todo en el Fox Film Studio y, sobretodo, de doble para escenas peligrosas (stunt man).
Nacido Marion Michael Morrison el 26 de mayo de 1908 en Winterset (lowa), creció en California y estudió en la University of Southern, donde fue un destacado jugador de futbol americano. Su estatura de más de 1,90 y su corpulencia, sus maneras rudas y un poco violentas, le valdrían, no solo en el ejercicio del deporte sino en su carrera posterior de gran héroe americano del cine, y como su amigo Victor McLaglen, la aureola y la consideración de “bruto adorable”.

Identificado en su vida real con el personaje que hacía en sus películas, John Wayne fue el actor de la acción y la inquebrantable confianza en si mismo y en la propia fuerza. Todo ello le convirtió en el mito por excelencia y, en particular, en el mito del hombre del Oeste americano en sus dos grandes vertientes: el militar de caballería y el cowboy pistolero.
Su carrera comenzó con The Big Trial (La gran jornada, 1930), de Raoul Walsh, primera película en la que haría de protagonista y en la que ya se perfila el personaje que encarnaría a lo largo de los siguientes cuarenta años: el pionero solitario de puños de hierro, dispuesto a abrirse camino de la forma que fuera necesaria. No obstante, aún tendría que esperar casi una década haciendo decenas de películas en las que no lograba descollar.
Con su papel en La diligencia (1939), de John Ford, pasó al nivel de héroe popular. Su intervención en esta película, rudo defensor de damas en peligro y martillo de malvados e hipócritas, irá sucediéndose y transformándose, según el guión y las circunstancias, a lo largo del tiempo y casi siempre en las películas de sus maestros y amigos Howard Hawks y John Ford. En una ocasión le dijeron a John Ford si había hecho una estrella de John Wayne “porque hablaba poco”. Ford contestó: "Sí, habla poco, pero cuando habla, todo lo que dice tiene sentido”.

Estos directores, ambos muy inteligentes, jugaran con el mito de formas muy variadas. Por ejemplo, el militar que hace en Fort Apache, de Ford, es la quintaesencia de la prudencia y, por una vez, es él el que tiene que aconsejar mesura y reflexión a su jefe, el soberbio y enloquecido comandante interpretado por Henry Fonda. Howard Hawks introduce el humor en la carrera de Wayne en la película Río Bravo (1958). A partir de ahí habrá siempre un componente de parodia en el gran héroe que, por momentos, se ríe de sí mismo y de su propio mito. Algo similar puede decirse de la ironía que despliega Ford en La taberna del irlandés.
Más o menos por esos años, John Wayne creó su propia productora, la Batjac, quizá como una forma de expresar mejor su ideología de extrema derecha. Hombre de ideas muy conservadoras, perteneciente a la asociación parafascista John Birch Society, sostenedor del senador Goldwater, impulsor, durante el periodo inquisitorial y represor de McCarthy, de la Motion Picture Alliance para la Preservación de los Ideales Americanos y, desde luego, defensor de la intervención de Estados Unidos en Corea y Vietnam, inició su lucrativa carrera como productor con EI Alamo (1960), un canto al espíritu militar, con la historia de los defensores americanos del fortín tejano de El Alamo, contra las tropas mexicanas, como excusa. El colmo de su carrera de productor, director y actor es la inefable Boínas verdes (The Green Berets, 1968), un homenaje a la fuerza de choque de Estados Unidos en Vietnam. Cuando ya pasaba los 60 años le llegó el primer y único Oscar de su carrera por su papel en Valor de ley (True Grrt, 1969), de Henry Hathaway, aunque ya había sido candidato en 1949 por su interpretación en Arenas sangrientas (Sands of Iwo Jima), de Allan Dwan. Ello no deja de ser sorprendente en la carrera de un actor que interpretó algunos de los papeles inolvidables en la historia del cine, en particular los de La diligencia, El hombre tranquilo, ¡Hatari! Y Centauros del desierto, por poner algunos ejemplos. Es cierto que siempre fue un intérprete de recursos limitados, pero su presencia en la pantalla fue tan poderosa que ella misma bastaba, casi siempre, para justificar y dar vida a un personaje por complejo que pudiera ser.
Su reconocido valor en la pantalla tuvo su reflejo real en el valor con el que enfrentó su enfermedad durante los diez últimos años de su vida. Detectados síntomas de cáncer en 1968, hubo de ser operado varias veces hasta serle extirpado, casi completamente, el estómago en 1979, unas pocas semanas antes de su muerte. Recibió una medalla del Congreso y son las palabras de la ensayista Joan Didion las que resumen mejor su vida: “Él personificó, para siempre, la forma de muchos de nuestros sueños”.

"Sí, habla poco, pero cuando habla, todo lo que dice tiene sentido”.